PLAYAS
NUDISTAS EN EL CANTÁBRICO
Una manera alternativa de pasar un fin de semana, consiste en cogerse el coche
e ir dirección Bilbao con la idea de pegarse un baño en la playa nudista de
Sopelana.
Lo pusimos a prueba un fin de semana y volvimos humidificados. Pillamos toda
el agua que nuestros cuerpos resecos pudieron recopilar, en sentido figurado
pues no salimos del coche en casi todo el trayecto, salvo la obligada parada
para comer en Guernika, en donde vimos el famoso árbol.
Pululaban un montón de personalidades, pues debía estar por allá el Lehendakari
Ibarretxe y comparsa y los medios informativos saturaban las calles próximas
al árbol. Visto de cerca no es nada del otro mundo. Un trozo de madera con unas
ramas maltrechas de aspecto macilento. Para chopos los que había en la chopera
de Logroño en las piscinas del Ebro.
Comimos en un sitio cercano al centro en dónde nos trataron maravillosamente
y nos la metieron hasta el píloro sin pasar por los menudillos intersticiales.
Al menos no fue dolorosa la experiencia. Pedíamos unas cosas y nos sacaban otras,
el menú marcaba una cosa y nosotros pagamos otra cantidad ( superior, claro
está). Los fritos eran aceite frito con algo de harina. Y las ensaladas eso
si, eran verdes. De postre una cuajada con cuajo del de verdad y leche de oveja
y a cascarla. Siempre he dicho que no está de más saber lenguas. Nos habría
venido bien saber la lengua de Txominaguer pero no nos habríamos divertido tanto
durante el envite.
Antes de ir a Guernika pasamos por Bermeo , nos extasiamos viendo llover. El
agua de las nubes se acoplaba con las olas del cantábrico y nuestras lágrimas
de emoción mojaban los pañuelos. No lo hacíamos tan bien como Grandinetti pero
poníamos toda la pupila en el asador. .
Nada mejor después de comer que dar un paseo. En este caso en coche.
Por unas carreteras intransitables plenas de curvas fuimos de Guernika a Elgoibar
a través de unas montañas vegetativas en estado de espera. No paró de llover
un momento y yo creí perderme y encontrarme varias veces en poco rato. Salimos
de aquel infierno y en Elgoibar había una feria con puestos de carabinas. Sin
pegar un solo tiro nos piramos a otro sitio.
Zarautz nos esperaba con más agua, aquello era un conspiración submarina.
Y al llover, las circunstancias nos obligaron a ir a una chocolatería que daba
al mar y al calorcito ventilarnos unos chocolates con pastas varias de la tierra.
Me quedé con las ganas de probar el tronco de chocolate. Con tanto coche me
chirriaban las neuronas.
Y el regreso lo hicimos por San Sebastián. La ciudad más bonita del Norte.
Y nos encularon dos tías en un semáforo. Frenamos bruscamente y las de atrás
nos enfalaron. Afortunadamente no hubo desgarramiento y el parachoques trasero
quedó ileso. Le dije al conductor : Recuerda que saliste intacto!!! , y luego
van y hacen un pelí. En fin.
Para rematar la jugada en nuestro inclemente deambular de ciudad
en ciudad y jarto de contar las líneas discontinuas de la carretera nos presentamos
en Pamplona resultando ser quince de julio y fin de los San Fermines.
Mogollón de gente en todas las calles, pañuelos rojos por doquier y pantalones
blancos en procesión. Echamos unos cartones en el bingo ese donde te dan unos
cartones con números y te ponen delante un montón de cosas inútiles para que
otro se vicie con ellas. No me tocó nada ni nadie. A los otros si. Un juego
para poner 5 Cds, una gorra de la CAN, una peineta con un toro tatuado, la obra
y milagros del Santo Fermín. etc.
Y como todo tiene su final. Nos tuvimos que dar la vuelta y volvernos para casa,
haciendo más kilómetros de la cuenta, pues charla que te charla el conductor
se emocionó al hilo de nuestros marujeos y nos pasamos de largo. Dejando la
salida de la autopista que lleva Logroño atrás y metiéndonos veinte kilómetros
de propina. Tanta hora sentado se me borró la raya, y la del pantalón también.
Y ya puestos rememorar, citar otro viajecito de día a Sopelana, esta vez con
el sol cegándonos la visión. Habíamos oído hablar de unas playas nudistas y
allá fuimos como Adanes en busca de la Eva de turno con el corazón de la manzana
en la mano y la hoja de parra en el macuto.
Y vimos la luz cegadora en la playa de Sopelana.
En la zona de la izquierda de la playa se apiñaban los cuerpos desnudos de la
gente de todas las edades y género ( no vi ningún hermafrodita dicho sea de
paso). Siguiendo las nuevas tendencias electorales, nos ubicamos en el centro
de la playa. Para poder disfrutar de todo sin comprometernos. Había menores
y no era cuestión de traumatizarlos a tan temprana edad plantando allí el trípode
y llenar el paisaje de carne fresca sin amasar.
El agua estaba calentita, vamos!! como en el trópico. No llevamos la tabla de
surf y no pudimos coger el rebufo de aquellas olas que nos dejaban la cabeza
llena espuma salitrosa.
No estaba la cosa demasiado animada en la playa y después de comer en un local
de carretera ( Restaurante Cantábrico ) un poco de pescado variado acompañado
de un buen vinito y un pacharán de la tierra, estuvimos inspirados por una vez,
y llegamos a otra playa nudista agrestre a más no poder, ubicada en Plentzia.
Se accedía tras bajar unos cientos de escalones, trepar por unas paredes, rebasar
unas centenas de escolleras para concluir en una porción de tierra mínima, expuesta
al ansia del mar que la iba dejando en nada a medida que subía la marea. Las
Evas eran de libro bíblico, doradas por el sol y con más ondulaciones que las
patatas esas que venden con gusto a jamón.
Los Adanes jugaban al tenis, y aquello era una apoteosis de bolas en flotación.
Y para dar la nota estaban los de siempre. Los únicos que íbamos con algo cubriendo
la línea de torpedeamiento submarino éramos nosotros.
La gente pasaba de nosotros y no nos decía nada ni nos sometían a vejaciones
sexuales. Otros practicaban Surf, y era peligroso pues a pocos metros de la
orilla se perfilaban cantidad de rocas que sobresalían de las aguas como sirenas
varadas. También había perros que ladraban y Jesucristos que extendían sus greñas
en el agua, todo muy bonito, y nosotros en el camping, con la tienda preparada.
Esta playa que digo hay que verla pues es de postal. Cuando
la marea acechaba nos dimos el piro, y regresamos a las llanas planicies de
Logroño.