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DE PARRANDA POR SANTANDER ( MEAR Y VOLVER)

Dada la coyuntura, una vez sitos en Laredo, era tontería no llegarse a Santander a visitar la ciudad, por vez primera. Nos fuimos para allá cuando ya anochecía.
Una vez en la ciudad y antes de extasiarnos con las cosas que veíamos, era necesario cenar algo pues los ánimos estaban alterados y los flujos gástricos estaban a punto de nieve. No conociendo el lugar, buscar restaurante fue una aventura, y cada vez era más tarde. La solución la encontramos en un Telepizza que quedaba en rampa, esto no era óbice pues íbamos pertrechados de nuestras motos alpinas derrapantes. Y en esta pizzería pillamos un promoción de estas de 2*1 y por fin puede comprobar in situ a que sabían esas bolas de masa con cositas por encima.. Le pegamos un poco a todas las pizzas: margarita, carbonara, tropical ( con trozos de piña) etc.. Con el ánimo restablecido dirigimos nuestros pasos hacia la zona de marcha.

 La ciudad parecía desierta. El tiempo no ayudaba, pues había una lluvia fina que iba filtrando el ambiente de humedad y frío.
Y allá estábamos una panda de gañanes en busca de una pista de baile donde despegar y en dónde no mojarnos, valga la contradicción.
Andando tan ricamente nos metimos por una playa tras bajar unos escalones, había allá algunos jóvenes químicos haciendo mezclas de licores y chupitos en busca de la fórmula magistral. Era la playa de la Magdalena. Continuamos nuestro viaje por polígonos anejos al puerto, cada vez más desnortados.


Y a golpe de talón y puntera llegamos al Sardinero, a la zona del Casino. Espectacular era el sitio, profuso de glamour y riquezas varias, pero nada que nos pusiese las pilas, ni lugar alguno en el cual cobijarnos.

 Una heladería orientada al Cantábrico fue la salvación. Nunca había comido un helado tan enorme, era un cestillo de barquillo con dos bolazas de helado que para acabarla había que hacer unas plegarias a la Magdalena. Acabamos todos jartos, con el estómago en estado de shock temporal.
Y visto el panorama cogimos un autobús que nos llevase a la zona del centro. Preguntamos a unos parroquianos en edad de procrear donde se encontraba el mogollón, y o bien, el helado nos pasaba factura, o eran un poco lerdos, pues nos quedamos como al principio sin haber atesorado información alguna sobre como malgastar la noche.


Centrados, vimos el edificio del banco Santander. Ese pedazo arco de piedra impresionante. Y pasamos por la plaza del Cañadio, en la cual si que había bastante gente que gozaba mucho.

En el Bulls pegamos unos saltitos con canciones de Blur y Oasis y entramos en calor. No recibimos ninguna cornada de esas bestias que nos empitonaban con sus pezones astafinos rumbo a los lavabos.

Y como fin de fiesta acabamos en el Indians, un local decorado de una forma muy peculiar, donde pusimos a secar las osamentas.
Y luego unos bailables, unos movimientos espasmódicos, y unas tareas de contención de paredes varias, para finalmente salir de local casi a las 7.

Uno de la cuadrilla que es un cachondo y  que llevaba dos horas pegando cabezadas contra el muro, una vez fuera nos suelta

¿Ya nos vamos?.-

- Ahora que estaba empezando a gozar a bloque.

El tío debía haber tenido unos felices sueños, dentro del garito, de ahí su enajenación emocional.

Nos volvimos a Laredo en autobús, con la vista puesta en el camping y aún dormimos algo una vez allí.

Más adelante tuve la oportunidad de regresar a Santander, que bebe del mar. Es una ciudad señorial, las playas del Sardinero son una maravilla. El palacio de la magdalena donde imparten cursos de verano y dónde se ubica el zoo es precioso. La zona de Vargas es frecuentada para tomar unas tapas e ir de pinchos, es la joyita del cantábrico, si bien la gente de Santander no cae demasiado bien en otras zonas de Cantabria.

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