LA BATALLA DEL VINO EN HARO, EMPÁPATE DE LA FIESTA

La batalla del Vino de Haro es una fiesta muy concurrida y popular en La Rioja  y en toda España, declarada como fiesta de interés nacional, incluso la  muestran en las noticias de la 2 en donde se ve a la gente empapada en vino  saltando y festejando.
Pues bien, con tanta expectación y a la vista de que este año todo cuadraba, y el día señalado era el sábado, esto propiciaba que riadas de gente nos encaminásemos al mismo destino, la Ermita de San Felices, donde nos reuniríamos unas 50 mil personas.

Y como madrugar, es de esas cosas que a nadie le gusta, pagaelpato.com y varios  de sus miembros se decidieron a pasar la noche en Haro y luego de empalmada ir a batirnos el cobre en la batallita.

Haro dista a 45 km de Logroño, a medio camino de Vitoria y el camino se hace  breve al compás de las canciones de La Fuga, grupo genial de Reinosa.

Allá nos presentamos y según nos metimos en las calles más concurridas a nuestro paso fue saliendo gente con camisas verdes, charangas de personas ya animadas por los efluvios alcohólicos. Coches por todas partes, pero conseguimos aparcar donde pudimos.

Y luego nos encaminamos a la plaza del pueblo en donde rugía la orquesta al ritmo de canciones de Los Rebeldes, Hombres G, La Oreja de Van Gogh, Café Quijano etc..La orquesta sonaba muy bien y los músicos eran unos showman.

Pero quieto la sangre se encharca y si llega al cerebro puede acabar la cosita muy mala, por tanto había que agitarse cual hielo cubitero y fundirnos en la noche que fría estaba un rato.

Y mejor empezar la noche con alegría y palmeando que apoyado en la pared. y como el coche iba equipado con nevera de serie y somos gente seria y organizada la nevera iba acoplada con licores varios que bien repartido bien sabe y quita la sed y alegra el espíritu nocturno. 
Pero no todo en esta vida va a ser beber y si la Pantomicina anda por medio recurrimos al agua de la fuente que está fresquita y quita la sed. 

Y Haro en su zona de bares tiene unas calles muy enrevesadas y con mucha cuesta  que para quien viene de un sitio como Logroño que es casi plano pues esto se acusa bastante con este tran tran para arriba para abajo para arriba otra vez  haciendo malabarismos para que las consumiciones no se vayan calle abajo al  unísono con los orines de los más desprendidos, que en esta zona la generosidad es mucha y la gente se vacía en cualquier rincón, dándolo todo, ya sea líquido o sólido con tropezones.

Los bares estaban hasta la bandera y nosotros ahí dentro campeando el temporal, aguantando los empellones de los más entusiastas de un lado para otro de pared  en pared pero sin llegar a sacudir a nadie.

El humo creando nubles de blanco algodón que hacían toser de la emoción  contenida. Y sonaba la cancioncilla esa de marras que ya es un clásico, la del “ aserejé ”, pero ni hacer la coreografía podíamos ante tal avalancha de espíritu humano por todas partes. 

Uno de los nuestros cumplía años, y eso le valió unos buenos manteos, cogió altura sin llegar a despegar del todo y soltó alguna coz a algún despistado que no se daba cuenta de los vuelos sin motor del Jordi que cual pluma llevada por  el viento subía y bajaba una y otra vez hasta que nos cansamos y no lo dejamos caer porqué se habría puesto todo perdido y no era plan.

Enumerar el número de bares visitados podría resultar interesante pero como no  recuerdo la cifra lo dejamos en media docena y me quedo corto seguro. Uno de la cuadrilla andaba empeñado en conseguir un pañuelo rojo de fiestas y no había forma humana ni divina de lograrlo, solo a última hora de la noche, uno de un bar se apiadó de el y se lo dio, porqué lo que son las parroquianas  de la villa tenían un apego a sus pañuelos que daba que pensar.

Vimos pasar las horas e incluso las fuimos enhebrando a pico y pala, y fuera del bar el cielo mudó de piel y vimos todo mucho mas claro hasta que el azul se quedó fijo allá arriba y con unas palomitas en el estómago fuimos preparando el plan de choque para la batallita.

Eran las 6 pasadas y se barruntaba tono de batalla .La ermita se encuentra a unos 7 km de Haro, e ir andando era un coñazo máxime 
si tienes coche. Nos embarcamos y de camino para allá, como en nuestro coche  solo íbamos tres, pues cogimos a dos chicas y de paso cumplíamos con la buena obra del día.
Una se llamaba Devora y era canaria y la otra Ruth y era autóctona de Haro, pero tras un año en Londres andaba un tanto percudía y sus reflejos andaban un  tanto menguados pero su simpatía y alegría no habían cedido un ápice. 

A esas alturas de la película ya de día estábamos preparando el ensamblamiento con el frente Cantabrón que desde Reinosa se pegaban el madrugón para ir a la batallita, agarrando la alborada por los machos y tomando la carretera a las 4 
y pico de la mañana para estar puntuales en la cita.

A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el cielo se iba poniendo cada vez más triste y en un momento dado se desató su rabia contenida y comenzó a llover de manera brutal. 

Nuestra amiga Ruth nos aconsejó tomar un atajo y nosotros la hicimos caso a la  vista de la procesión de coches que ante nuestros somnolientos ojos divisamos en el horizonte. lo del atajo fue un cachondeo.

Era una pista de tierra en bastante buen estado hasta que en un momento dado la cosa cambió y el terreno se volvió pedregoso, y fuimos cincelando a punzón el terreno con los bajos del coche desollados y rugiendo cual cerdo abierto en canal, ibamos cinco en el coche y este sufrió lo suyo, cada vez llovía más, y hasta el granizo llegó a golpear la luna del coche, era para tomárselo a risa.


El camino era tan estrecho que solo cabía un auto y delante nuestro iba un tractor que nos abría camino. La mala suerte hizo aparición cuando nos 
enteramos que venían coches de frente, la guardia civil hizo un trabajo ímprobo despejando el terreno y a trancas y barrancas y quien suscribe iba ya con el pulso alterado por el  sueño, la espera , el granizo y varias cosas más, tras más de una hora por ese 
camino dejado de la mano de Dios volvimos a la civilización del lastimero penar de coches en romería.

Progresamos hacia la ermita viendo deambular gente que ya volvía derrotados de la batalla empapados más de agua que de vino. 
A varios kilómetros la Guardia Civil nos hizo darnos la vuelta. De regreso avistamos al frente cantabrón. Se acoplaron a nosotros. A nuestro
paso de regreso a Haro, dejamos a las dos moetas, Ruth y Devora en dónde nos dijeron y emprendimos el camino de vuelta a Logroño.

La batalla no fue tal, pero como acto de fe y expiación espiritual valió la pena.
Todo presagiaba una noche inolvidable y lo fue, pero por otras razones distintas a las propias del fragor de la batalla.
¿Volveremos?. No lo sé, pero más mala suerte no podemos tener la próxima vez. si es que la hay.

© chufo 2002