Por las noches nos acostábamos tarde pero por las mañanas nos levantábamos temprano. La razón: en cuanto empezaba a pegar el sol en las tiendas no había quien aguantara dentro, así que teníamos que levantarnos e irnos a seguir dormitando en la playa. Para evitar esto el Gran Choche tenía un remedio muy eficaz, que consistía en dormir fuera. Mientras no hiciera frío y no lloviera la cosa iba bien todos los días. ¿Todos? No. Un día estaba yo en mi tienda y me despertaron unos "mecagüendioses" y "putocabrones" que sonaban al lado mío pero por fuera de la tienda. A estos improperios les acompañaba un rugido pequeño pero con mala leche. Aquello parecía un Expendiente X, pero al rato me percaté de lo que sucedía. La explicación era que a unos se les había escapado el perro que llevaban, que era un cachorro y quería morderle las orejas al Choche, que por no tirar al perro al otro lado de la tapia tuvo que aguantarse. Al final vino la pareja (que era de Logroño también) y se lo llevó, al perro, no al Choche.
Comíamos en un bar casi todos los días, junto al paseo marítimo y desde allí podíamos contemplar lo que sucedía. Unos días tocaba el menú del día, que era mas económico y no estaba mal, pero el dia que disfrutamos verdaderamente fue cuando el camarero de un bar del paseo nos recomendó un "bocatarrabas", que es como un bocadillo de rabas pero autóctono de Laredo y recomiendo tomarlo allí, mirando al mar y a la gente que anda por ese paseo, donde a veces pasaban cosas extrañísimas.
Un día pasó lo siguiente. Laredo parece ser un lugar propicio para que los perros se les escapen a sus dueños, pero esta vez el perro no atacó al Choche, afortunadamente para él, pues era un perro enorme y le hubiera arrancado las orejas de un mordisco. La víctima fue una pobre niña, que también se les había escapado a sus dueños y andaba por allí jugando sola. Como ambos andaban sueltos más o menos por el mismo lugar, al final acabaron encontrándose. El flechazo fue instantáneo. La niña vio al perro y enseguida se puso a jugar con él. El perro al principio le consintió, pero luego quiso ir mas lejos y empezó a montarse encima de la niña (así, como suena). Le ponía las patas en los hombros y era más alto que ella, que en su inocencia seguía aguantando los juegos del perro, que cada vez empezaba a llevar más la voz cantante.
Como la cosa no iba a mayores y nosotros ya habíamos cogido la posturita, nos limitábamos a mirar, sin intervenir, jaleando alternativamente al perro o a la niña, dependiendo de quien estuviera mejor colocado en cada momento. Por allí no aparecían ni los dueños del perro, ni los padres de la niña, ni los vigilantes de la playa y la cosa empezaba a ponerse fea porque el cansancio empezaba a hacer mella en la resistencia de la niña. En esas estábamos cuando por fin aparecieron una pareja de vigilantes de los que andaban por el paseo marítimo y separaron a la ya no tan feliz pareja no sin antes dudar durante bastante rato y estarse unos momentos diciendo aquello de me meto o no me meto. Lo malo fue que esos dos eran un poco limitaditos y no sabían que hacer con el perro ni con la niña y se estuvieron otro rato pensando a ver si era mejor que el perro se desahogara de una vez, no fuera a morder a alguien, si la niña tendría padres o habría nacido por generación espontánea o que se yo lo que pudo cruzar por sus mentes. El caso es que no hacían nada.
Al final la niña dijo que sus padres estaban comiendo en un restaurante cercano y se fue sola a buscarlos mientras ellos se llevaron al perro. A saber lo que harían con el. Supongo que lo dejarían de nuevo libre sin cargos, porque no llego a consumar el delito.