EL OJO INEXPUGNABLE por Jordi Costa, Fotogramas, Abril 1999

Hay una escena en Lolita en la que ese enigmático y esquivo cineasta que fue Stanley Kubrick parecía querer desnudarse ante sus espectadores: un matrimonio amigo llega a casa de Humbert Humbert, que acaba de quedarse viudo, y se lo encuentra acostado en su bañera mientras un vaso de whisky se mece en el agua. La pareja le da el pésame, interpretando como rictus de aflicción lo que el espectador sabe que es, en realidad, alegría contenida. En su magistral uso del subtexto esa escena es uno de los grandes momentos del cine de Kubrick, pero, además, funciona como irónico estallido autorreflexivo: muchas veces los espectadores de Kubrick hemos sido como ese matrimonio, unos pardillos sentados ante una inteligencia cuyas reglas quizá nos asustaría comprender, unos pardillos dispuestos a malinterpretar todas sus cavilaciones. Viendo cualquier película de Kubrick, el espectador se siente cegado anta la Revelación, grabada en celuloide, de un auténtico cráneo privilegiado.

Podrían seleccionarse centenares de imágenes para intentar discernir el secreto de Kubrick. Escojamos unas: el plano recurrente de las dos niñas gemelas apostadas en el pasillo del hotel Overlook en El Resplandor. Una simetría hipnótica con un enigma en su interior: esa podría ser una buena definición del cine de Kubrick, ese creador que nunca fue obvio, que abrió caminos y elaboró su discurso -gélido y autorreferencial- en algún lugar fuera del tiempo, donde ha sido preservado de erosiones y vaivenes del gusto. Kubrick es y seguirá siendo siempre moderno precisamente porque nunca lo fue -a pesar de que en alguna de sus películas (en especial, La Naranja Mecánica) la pirueta pop era asimilada con inapelable maestría- y sus películas nos seguirán pareciendo perfectas porque estuvieron hechas de la misma materia de la que está hecho lo perfecto -los laberintos, las fórmulas matemáticas, la música-, obviando a menudo -no siempre- ese lastre de imperfecciones que llamamos el factor humano.

 

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