EL HOMBRE QUE SUSURRABA A LOS CABALLOS (The Horse Whisperer – Robert Redford – 1998)


Largísimo film basado en una notable novela de Nicholas Evans. Robert Redford protagoniza, dirige y produce, tres aspectos en los que tiene experiencia por separado, pero es la primera vez que se enfrenta a las tres cosas al mismo tiempo. Los créditos hacen honor a la longitud de la película, incluyendo diferentes equipos de rodaje y segundas unidades (los equipos alternativos que ruedan parte de la película): Montana, Saratoga Springs, New York, Jackson.

De los actores protagonistas poco hay que decir: Robert Redford tiene una larga y exitosa carrera como actor y últimamente también como director. Está en su línea, haciendo lo que él sabe, que no es poco y supongo que sus admiradoras, pertenecientes a varias generaciones, se lo agradecerán. Sigue manteniendo ese aire atractivo de su juventud, con unas cuantas arrugas más que le dan un aire de realismo que le pone a la altura de los demás mortales. Ella es Kristin Scott Thomas, una actriz recia que mantiene siempre el tipo pero cuyas interpretaciones son serias y es poco dada a los excesos físicos y a la interpretación corporal. En esta no es menos. Pese a esto hay que recordar que la película que le dio a conocer es una de las comedias más celebradas de los 90 y que supuso una revolución en el género de las comedias románticas: ella era la amiga enamorada de Hugh Grant que odiaba a "Cara de pato" en Cuatro Bodas y Un Funeral. Otros nombres que aparecen en el reparto en papeles menores son Sam Neill, Dianne Wiest o Chris Cooper, todos ellos veteranos ya en esto de la interpretación y con amplias carreras a sus espaldas.

Pero la verdadera revelación, la roba escenas de la película, es la joven Scarlett Johansson, que pese a tener menos nombre que gran parte del reparto y aparecer en los créditos detrás de los demás, es la auténtica protagonista y no sólo eso, sino que consigue llamar la atención y quitar presencia al resto de actores. Su interpretación es magnífica y se le puede augurar un gran futuro, a pesar de su afición a rodar también películas comerciales e infantiles como Solo en Casa 3. Es una interpretación de las que las grandes actrices buscan, la de una persona con una limitación física y un trauma psíquico, de esos que atraen los premios (si realmente son buenas actrices, claro). A ella se han llovido buenas críticas (el propio Redford dijo: “Tiene 13 pero aparenta 30”) y también premios, como el Young Star Award.

La sensación que deja la película es de haber visto una historia a mitad de camino entre un drama romántico y una película de vaqueros. La música épica que suena mezclada con temas country refuerzan esta sensación. La autora de la canción principal (única nominación al Oscar) es Allison Moorer y sale tocando en una escena que casi como un video musical dentro de la película.

Vamos con la historia: Grace es una joven aficionada a los caballos que sufre un accidente cuando cabalgaba con su mejor amiga. El resultado es que su amiga muere, a ella tienen que amputarle media pierna y su caballo queda muy tocado, medio loco. La madre de la niña se empeña en ayudar al caballo para ayudarla a ella y para hacerlo contacta con Tom Booker, un “susurrador de caballos” que puede hacer algo por Pilgrim, el caballo de la chica. Así ambas se irán hasta el rancho de este hombre y allí convivirán con la familia mientras la recuperación del animal avanza. Nada será fácil.

Me ha gustado que la historia sea lineal en el tiempo, que desde un primer momento sepamos todo lo que le ha ocurrido a la chica, a pesar de que el personaje de Redford no lo sepa. La chica se lo cuenta, pues él tiene que saberlo, pero no juegan a mantener la atención del espectador ocultando información, algo muy de moda en las películas actuales. Y aquí era fácil y tentador hacerlo, con una niña coja y un caballo herido y medio loco.

La historia está llena de simbologías, aunque en estos temas tiene más que ver lo que piense cada cual que lo que el propio director pueda haber querido expresar. Para mí el caballo representa parte de todos los personajes. Que el animal se recupere y vuelva a ser lo que era depende que la niña, la madre, el padre, el ranchero, todos los personajes vuelvan a la vida que tenían antes. Es el tren de la vida (en este caso representado por un caballo) al que se tienen que subir si no quieren quedarse estancados y hasta que no se dan cuenta de ello no hacen realmente algo por conseguirlo.

También está muy representada la alegoría a la libertad del campo en el primer paseo que Redford y Scott Thomas dan a caballo. Una mujer dedicada al trabajo que siente la libertad de poder estar fuera del trajín de la ciudad (“En Nueva York si no te mueves, te quitan el sitio”, dice ella) y perderse por un momento en el campo, tranquilamente y sin ninguna preocupación.

A través de la situación de la chica vemos lo complicado que es enfrentarse al mundo (ese primer día de clase que ella no puede soportar) pero lo sencillo que puede resultar con la forma de ver la vida de este hombre de campo, enfrentándose a las cosas, encarándolas igual que hace con los caballos (el momento en que le enseña a conducir de forma simple y decidida). A la madre le sucede lo mismo y cuando descubre esta nueva forma de vivir, sabiendo cada día lo que tiene que hacer y haciéndolo sin más preocupaciones algo reacciona en su interior y se plantea qué es de su vida. “Lo fácil es saberlo, lo difícil es decirlo en voz alta”, le dice Tom Booker.

Más o menos en todo momento sabemos lo que va a ocurrir o lo que “tiene” que ocurrir, pero eso no es lo importante. Lo que consigue enganchar es el hecho de conocer cómo y cuando van a suceder las cosas. Suceda lo que suceda con el caballo, con el triángulo de la mujer/marido/vaquero, con la familia del rancho y con la moral de la joven Grace, el avance de la historia sigue siendo tranquilo y rítmico y eso es lo que importa, que los hechos se vayan sucediendo más que cuales serán las consecuencias. El final me recuerda, aunque llevado de otro modo, no quiero ser sacrílego, al de Casablanca. Así que sólo me queda cerrar estas líneas con un: “Siempre nos quedará Montana”.


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