21 gramos

Película dirigida por Alejandro Gonzalez Iñarritu. Un ex-convicto arrolla con su coche accidentalmente a un hombre y sus dos hijas pequeñas. Poco después se entrega voluntariamente para pagar su culpa en la cárcel. La mujer del accidentado, viuda, sin marido y sin hijas, se derrumba y coquetea con las drogas y el alcohol. El corazón del difunto marido va a parar a un paciente, en lista de espera. Una vez operado, Paul Rivers ( Sean Penn ) emprenda la búsqueda de la mujer del muerto, por la cual se siente atraído al verla nadar en la piscina. La atracción es recíproca.
La mujer del transplantado Mary (Charlotte Gainsbourg) anhela tener un hijo, pero esta idea no la comparte Paul y su relación entra en barrena. Estupenda la escena en la que ella en una cena con los amigos, anuncia que esperan un niño y la cara contrariada del marido.
El convicto Jack Jordan, interpretado magistralmente por Benicio del Toro encuentra en la fe en Cristo la explicación y consuelo a los problemas que aparecen en su camino. Después de cumplir condena se va a trabajar a un lugar recóndito alejado de su mujer Marianne (Melissa Leor) y de sus hijos.

Veintiún gramos es el peso que pierde el ser humano al morir. Tal vez equivalga al peso del alma que nos abandona en ese preciso momento en el que la muerte nos arropa. Al menos eso parece que relata un cuento medieval que sirve de título a la cinta. El director, que ya filmó una cruel exposición del género humano en Amores perros, recurre otra vez a un accidente automovilístico como hilo conductor para cimentar la historia que nos cuenta.
Concurren la vida de tres parejas a través de un accidente mortal, que unirá a un trasplantado de corazón con la mujer del donante muerto y lo enlaza a su vez con el conductor que accidentalmente siega las vidas del futuro donante y sus dos niñas, y que se entrega a la policía desoyendo las palabras de su mujer que no quiere verlo entrar otra vez más en la cárcel, de la que lleva entrando y saliendo toda su vida.
El tema de la muerte accidental ya se planteó en su día en Muerte de un ciclista en donde los culpables de atropellar a un ciclista se daban a la fuga. Que hacer ante un caso como este, en el que sin comerlo ni beberlo, accidentalmente matamos a una persona, cambiando de raíz la vida de la familia del difunto y la del ejecutor del homicidio involuntario. En este caso la mujer del difunto en un principio no quiere venganza. “Nada me los podrá devolver”, dice. Sean Penn que atraviesa una crisis con su pareja, siente atracción por Christina Peck (Naomi Watts,) la viuda, a la que tras explicarle, como ha leído en un poema, que la tierra da vueltas sobre sí misma hasta acercarlos a ellos dos, inician un romance.
Es un puzzle donde las piezas encajan, pero una vez enmarcado y visto en la distancia la película es corriente. Tiene en su haber un ritmo narrativo dinámico, con continuos saltos hacia atrás en el tiempo que nos hace estar atentos para entender en que momento nos encontramos, si queremos distinguir que es presente y que es pasado, ya visto en Reservoir Dogs de Tarantino.
Rodado de manera desenvuelta, con la cámara al hombro en algunas escenas y un uso muy acertado de las tonalidades, en combinaciones de colores que plasman la sensación de soledad, desamparo, tristeza, carencia afectiva, punto final que sufren los personajes. La fotografía es de lo mejor de la película.
Y un plantel de actores perfectos: Naomi Watts, Benicio del Toro, Sean Penn, y el resto de secundarios. Si el corazón hastiado de latir se para, cierra los ojos. Perderás 21 gramos, estás muerto

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